domingo, 19 de marzo de 2017

3er Encuentro Nacional de Teoría e Historia de la Arquitectura


Las Escuelas de Arquitectura de Universidad de Chile, Universidad del Bío-Bío, Universidad Central de Chile, Universidad Católica del Norte y Universidad de Santiago de Chile, invitan a participar en el Tercer Encuentro Nacional de Teoría e Historia de la Arquitectura, que se realizará los días 30 y 31 de marzo de 2017 en Concepción.
El Tercer Encuentro Nacional de Teoría e Historia de la Arquitectura es una invitación a continuar la reflexión que se ha ido desplegando en las dos primeras versiones.  El primer encuentro, realizado el año 2014 en la U. Central de Chile, de carácter instituyente e identitario, tuvo la misión de convocar de manera inaugural a un auto-reconocimiento disciplinar a nivel nacional con énfasis en el tema de la existencia y la importancia de la Teoría y la Historia en la formación profesional; con el  centro del debate en la enseñanza de pregrado en arquitectura. El segundo encuentro, efectuado en la U. de Santiago el 2015, se enfocó al aporte de la Teoría y la Historia –más allá de la enseñanza– para pensar y problematizar lo contemporáneo, reflexionando sobre el lugar de la Teoría y la Historia no sólo en lo concerniente a la enseñanza de la arquitectura, sino como base del debate contemporáneo y en relación con otras disciplinas.
El sentido del Tercer Encuentro, convocado en Concepción a comienzos del 2017, es avanzar desde una perspectiva global, a una mirada regional, analizando cómo la diversidad del territorio chileno está plasmada en el debate sobre la Teoría y la Historia en el ámbito de la arquitectura y disciplinas afines. Cuarenta ponencias han sido seleccionadas anónimamente por el comite científico del evento para indagar el pensamiento arquitectónico subyacente en la realidad nacional.

sábado, 29 de octubre de 2016

Teoria del Proyecto (actualizado)


http://dearquitectura.uchile.cl/index.php/RA/issue/view/4039/showToc

El Vol. 21 Núm. 30  de la Revista De Arquitectura, editada por la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la Universidad de Chile, esta dedicada a la Teoria del Proyecto. El número de la revista esta encabezado por una editorial del arquitecto Felipe Corvalán, que invita a "pensar" la producción arquitectónica.

El texto inicial esta elaborado por Fabian Barros Di Gianmarino de U. Magallanes y se denomina "El proyecto de la teoría; contribución al estudio y precisión de la teoría del proyecto arquitectónico". Abre la discusión revisando de manera exhaustiva los planteamientos teóricos de distintos autores internacionales, para proponer una ordenación de conceptos entre el producto, la creación y la práctica. Planteando, que práctica y teoria se suelen entender como conceptos opuestos, pero que en arquitectura la teoría es la práctica.

Lo que se refleja también en los restantes artículos de esta revista dedicados a experiencias de oficinas, edificios o áreas urbanas; de los cuales emergen diversos aspectos conceptuales, aunque difícilmente expresan una concatenación teórica consistente. Estos esfuerzos indudablemente contribuyen a revisar la situación profesional, provocando una revisión amplia y serena de la actividad proyectual, sin embargo deberían avanzar en una crítica mas reflexiva. Impulsar una clarificación teórica en arquitectura es relevante, tanto para la labor profesional y educacional, como también por su repercusión social.

No basta con la reiterada tautologia que el pensamiento arquitectónico es la obra construída; lo cual no deja de ser cierto (porque la obra es el lenguaje propio de la disciplina), pero es insuficiente, ya que no logra ser transmisible como aspectos generales. Queda encerrada en el propio autor o en el edificio particular. Por eso sólo reconocemos escasas obras bien logradas, y padecemos una inmensa mayoria de edificios y ciudades de baja calidad arquitectónica. Esta parece ser el origen de la paradoja profesional; que un saber arquitectónico, aquilatado por siglos, formado en centenares de escuelas y cultivado por millones de laborantes; queda reducido a pocos buenos ejemplos, y produzca en gran parte obras insípidas y ajenas a los principios que se comparten. La incompresión del público, las restricciones políticas o economicas, son obstaculos reiteradamente arguidas que impiden realizar la arquitectura que imaginamos; pero también hay debilidades en expresar y asumir los aspectos que intuímos orientan su calidad. Este esfuerzo es la responsabilidad de educadores e investigadores, y en éste sentido los textos difundidos pueden profundizar sus afirmaciones, cuando plantean un título tan desafiante.

El artículo inicial de F. Barros propone un diagrama circular entre la teoria y la práctica (mediado por la reflexión y la creación), que parece alegar una autonomía del proyecto. Es decir, que el diseño sólo rinde cuentas a su propio diseñador. Bueno, aceptando ésta afirmación, podemos al menos solicitar el mecanismo en que ésto se puede revisar. Como reconocemos las intenciones o desarrollo del proyectista y su realización. ¿A través de sus declaraciones posteriores? ...como suelen realizar muchos autores, elaborando imbricadas explicaciones de las obras que suelen llevar a derroteros ajenos a la experiencia o cultura compartida. ¿Estableciendo relaciones con otras obras, descripciones de la circulación por sus espacios, o detalles del encargo o su ejecución?; ... como suelen hacer los críticos o comentaristas de arquitectura sin precisar algún planteamiento final. Estas estrategias suelen quedar postergadas mientras admiramos pausadamente las imágenes o recorremos la obra, y muy pocos las leen o atienden, y muchos las olvidan. Nadie "cita" estas declaraciones o comentarios, sólo de vez en cuando alguien menciona que recuerda o le gusta ese edificio, o quizas un estudiante lo declara su "referente", mostrando algunas imágenes.  Quizás reconociendo que el lenguaje escrito no logra expresar la vivencia de la obra; pero tampoco sin intentar una formulación al respecto. Este esquema puede entonces avanzar en procedimientos, pruebas y ejemplos de aplicación, para desarrollar propiamente los objetivos que se propone.

domingo, 31 de julio de 2016

Superficies Reflectantes



“A Concepción, un espejo roto” es el legado que le entrega el poeta Gonzalo Rojas a la capital pencopolitana en su texto “Materia de Testamento”. Se refiere probablemente a las diversas lagunas desperdigadas por el área metropolitana que reflejan el cielo, y se entrecruzan con el rio, el mar y los charcos de agua, en innumerables extensiones plateadas, de distintos tamaños y formas. O quizás simplemente, sugiere que la ciudad es el reflejo truncado de otras áreas metropolitanas mayores que intenta reproducir  infructuosa e incesantemente (como en realidad lo hacen todas las ciudades hoy en día de otras mayores o más distantes, y terminan convertidas en mosaicos urbanos repetidos y similares). Gonzalo Rojas falleció y no sabremos que finalmente pretendía decir. Tampoco era un especialista en geografía o identidad urbana, ni vivió mucho tiempo por esta ciudad, ni tiene mucho sentido debatir si esa mención, es realmente un calificativo o es sólo una figura poética. Pero se puede interpretar al menos en estos dos sentidos, uno paisajístico o más material; y otro más conceptual e histórico.


Lo que es indudable, es que los cursos y aglomeraciones de agua pueblan esta ciudad frecuentemente, como la lluvia y humedad persistente. Es habitual divisar estas pequeñas lagunas entre los barrios residenciales y cerros, atravesar el extenso rio Bio-Bio y su devenir cambiante entre bancos de arena y matorrales, como también divisar el mar o caminar esquivando las innumerables pozas. Superficies reflectantes que interrumpen la vida urbana como acompañantes cotidianos en distintos momentos y tamaños. La mirada los percibe a la distancia como planos refulgentes entrecortados en el entorno, que cautivan brevemente la atención. A veces podemos mirarlos mas largamente, o debemos sortearlos apresuradamente. Pero siempre quedamos algo atraídos por su brillante tersura. A veces, el reflejo reproduce trozos de formas y colores que invitan a descifrar el entorno, o en las noches la repetición de luces sugiere un desconcertante ambiente caleidoscópico. Pero usualmente sentimos un extraño impulso que invita a sumergirnos o deslizarnos en sus superficies. Aun sabiendo que sería imposible desplazarse sobre estos planos líquidos (a menos de disponer de artilugios o poderes divinos), percibimos un leve empuje corporal al divisar sus superficies. Esta tensión probablemente se origina por sus bordes ásperos y ondulantes, que la mirada recorre para intentar comprender su perímetro, muchas veces fragmentario. Es decir, el perfil irregular de estas superficies y la comprensión visual de su forma motiva una leve atención y percepción de profundidad como si avanzáramos en su dirección. Casi como un deseo atávico de lanzarse a sus inciertas honduras, pero es solo la interpretación intuitiva de una profundidad espacial, por trozos de bordes en extensión. Aunque también percibimos su superficie rugosa, y razonamos la imposibilidad de sumergirse o sostenernos. Pero las claridades del brillo, y sus bordes sinuosos, generan una impresión espontánea de proyección espacial. Este incesante y parcial desplazamiento marca entonces la percepción urbana en la ciudad de Concepción. Un area urbana que no se caracteriza tanto por espacios plácidos o refugios acogedores, sino mas bien de una persistente y fragmentaria proyección. Las superficies reflectantes quedan entonces entremezcladas en el acontecer cotidiano como sorpresivos atractores visuales, que demuestran también la percepción integral de nuestro entorno arquitectónico.


Memorial 27F-2010

sábado, 2 de julio de 2016

A propósito de las formas dinámicas



Gran parte de la producción arquitectónica, de los edificios construidos, son obras regulares y ortogonales, con muros planos y bordes rectos. Mientras unos pocos profesionales, como Antonio Gaudi, Eladio Dieste, Felix Candela; y más recientemente Zaha Hadid o Frank Ghery, se han afanado en realizar edificios con superficies curvas. También algunos maestros del modernismo aplicaron elementos ondulantes, usualmente llamadas formas “dinámicas”. Como si éstas fueran cambiantes, o estuvieran dotadas de movimiento.

Pero en realidad, éstas formas son tan permanentes e inmóviles como un muro recto. ¿Por qué reciben entonces esta denominación de “dinámicas”? Aparentemente, porque al mirar sus perfiles, la vista se desplaza por las aristas. Es decir, es más bien un movimiento óptico; en vez de algún desplazamiento físico o corporal. No es que el edificio se mueva, o que sus ocupantes corran por los espacios curvos; sino que al contemplarlos la vista se toma algo más de tiempo en reconocer sus formas. Mientras que en un edificio ortogonal la mirada se enfoca en un tramo de la figura, y la visión periférica divisa su extensión, comprendiendo rápidamente la forma general. En una figura curva, el ojo debe recorrerla y comprenderla más lentamente. Debido a que el reconocimiento visual actúa a partir de la memoria acumulada de figuras vistas y habitadas durante nuestra trayectoria de vida. Por eso, la gran mayoría de la geometría es predecible, y le prestamos escasa atención. Sólo al percibir una figura inusual, tardamos en reconocerla.

Es decir, las figuras curvas y complejas, solo llevan un poco más tiempo el comprenderlas visualmente. Casi inconscientemente la mirada queda atrapada unos breves momentos intentando dilucidar la configuración, y la vista se desplaza, probablemente con algo de mayor conducción que en una forma ortogonal. Mientras en las figuras rectas el ojo puede vagar displicentemente por su trazado y reconocer prontamente su composición, enfocando las partes más comprensibles. De modo, que las figuras dinámicas lo que hacen fundamentalmente es cautivar la atención visual y generar algo de inquietud cognitiva, mientras las construcciones regulares son más usuales y pasivas. Esto se presta para que algunos afirmen no comprender las obras curvas, o rechazar su complejidad declarando que son artificios. Planteando que las formas ortogonales (o algunas de ellas) reflejan serenidad y cobijo, mientras estas figuras curvas sólo buscan deslumbrar momentáneamente. Este dilema se agudiza con los materiales, destinos o financistas de las obras, que usualmente están relacionadas con estas obras más complejas. Como también incide la permanente oscilación entre el aburrimiento cotidiano y la búsqueda de estímulos, que impulsa la aguda apreciación de cualquier obra disímil.

Pero lo que queremos llamar la atención aquí, más que la dicotomía entre formas dinámicas o estáticas, es como participa la visión, la percepción general y la memoria, en la experiencia arquitectónica. Advertir, que lo singular de estos edificios, es fundamentalmente su reconocimiento visual. Tanto así, que este atributo óptico caracteriza su identidad arquitectónica, e incluso a todo un grupo de obras o creadores. Mas allá de su condición espacial o funcional, su proceso visual le distingue del entorno y la experiencia regular. Demostrando como la visión se sustenta (se educa dicen los psicólogos), en la cultura vivencial.

Otro ejemplo tradicional, son las formas agudas, o incluso rugosas, que causan aversión o escozor al mirarlas a distancia, dando una sensación corporal de inquietud o rechazo. Cuando rara vez las tocamos y nos pinchan o raspan directamente. Sin embargo, la memoria activa estas percepciones, probablemente establecidas en la infancia. Al comenzar nuestro aprendizaje visual, desprovista de su complejidad intelectual, había que tomar, e incluso saborear los objetos para conocerlos. Ahí aprendíamos lo que era agudo o rugoso, asociando esas formas a la sensación táctil, que luego queda inserta en nuestra memoria codificando la percepción visual, como si fuera una extensión manual. Entonces nuestra vivencia del entorno, que es mayormente visual y solo tocamos levemente el suelo, queda cargada de supuestos táctiles en la mirada, que interactúan con los procesos cognitivos y espaciales. De modo, que una figura de aristas convergentes, irregulares y repetitivas, nos inquietan como si fueran amenazarnos o dañarnos al acercarnos. Mientras una figura sencilla y una superficie lisa nos tranquilizan, aunque ninguna podamos efectivamente tocarlas.

De hecho, si no miráramos las formas, probablemente esas sensaciones de atención o desasosiego por la geometría del entorno, seria sustituida por una sensación corporal. Es decir, solamente los limites o distancias entre las cuales nos desplazamos o quedamos, serian relevantes. Y quizás, al contrario, las aristas agudas o texturas rugosas o curvas suaves permitirán conducir el tacto para reconocer un espacio, más que la superficie plana e insondable.

Si nuestros distintos mecanismos de percepción pueden variar la experiencia arquitectónica (o enriquecerla con el sonido del agua, o la tibieza de la brisa), quizás la memoria histórica de las personas o comunidades puede significar distintas experiencias. Sin embargo, aparentemente, fuera de algunas comunidades muy exóticas o aisladas, la humanidad en general comparte una percepción similar de los espacios y lugares. Por algo quedamos asombrados por la monumentalidad de Machu-Picchu aunque no tengamos idea del modo de vida inca, o extasiados con el Taj-Mahal, aunque no compartamos su rica historia cultural. ¿Estamos entonces atrapados en una tradición de formas rectilíneas e impresiones táctiles, en que la singularidad de una curva o una textura, aparece como un fenómeno curioso?

Parece ser que la teoría de la arquitectura adeuda más a las percepciones, que al desarrollo intelectual de estilos como ha sido habitual. En realidad, las formas disruptivas o la disposición de elementos para generar experiencias apropiadas, merece más atención visual que conceptual, proveyendo una revisión de la experiencia corporal, en su integridad de memoria acumulada y situación física, que los tratados o declaraciones de intenciones de sus autores. Designar una forma dinámica, por analogías mecánicas o naturales, por principios trashumantes o veleidosos, parece un ejercicio superfluo, frente a la sencilla evidencia óptica de su experiencia.   

sábado, 18 de junio de 2016

miércoles, 8 de junio de 2016

¿Servidor o Líder?




Al finalizar su desempeño como Director del Departamento de Arquitectura de la U. de Harvard (ademas de su larga carrera como arquitecto, docente e ideológo), Walter Gropius escribió el texto "Alcances de la Arquitectura Integral", en donde se preguntaba si el rol del arquitecto era ser servidor de la sociedad, y por tanto realizar adecuadamente las tareas encomendadas, o un líder, que propusiera nuevos modos de vida. Este debate parece re-avivarse ahora, con la muestra "social" de la Bienal de Venecia, curada por Alejandro Aravena, que le otorgó el León de Plata a la Escuela Flotante de NLE arquitectos, mientras la obra original colapsaba por los temporales. Ocupando portada también con un estudio sobre viviendas en Concepción (realizada el 2008 por el arqto. Francisco Contreras) que denuncia la disociación estética entre los arquitectos y el público general. El estudio revelaba como las personas prefieren modelos inmobiliarios, frente a los volúmenes atrevidos que promueven la formación arquitectónica. Aunque esta consulta se remitía a una pregunta directa con fotografías (es decir, no consideraba la totalidad de la experiencia arquitectónica, o un debate mas amplio al respecto, ya que probablemente un recorrido por las obras podría matizar estas diferencias), expresa igualmente una divergencia entre el ámbito profesional y social de la arquitectura. Posiblemente provocado por la actual cultura consumista contemporánea, o por el ensimismamiento de los arquitectos (se pueden plantear serias argumentaciones desde ambos extremos, pero probablemente es un encadenamiento de ambos), Esta tensión se suele producir en muchas disciplinas o sectores productivos (el interés de los especialistas y de la comunidad normalmente no coinciden), pero quizás aquí comparecen de manera mas expresiva. En muchos casos se asume acídamente, por parte de los profesionales, denostando la "falta de educación" de los mandantes, o por parte del público criticando la "torre de marfil" en que se encuentran los eruditos. Cuando ambos comparten una misma situación cultural, y en realidad esta diferencia ha sido históricamente el germen del desarrollo (la vanguardia vs. las masas). Es decir que en la resolución de los requerimientos convencionales de la sociedad se encuentra la veta (y la razón) de su propia transformación. De hecho, Gropius concluía su texto respondiendo que frente a este dilema el rol del arquitecto estaba en ambos sentidos; que debía ser a la vez servidor y lider. Evidentemente algo nada fácil de resolver, pero que no se puede eludir.